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2017
de la acción colectiva. Eso le permite plantear que la acción colectiva también puede constituirse en
coaliciones de actores, donde los vínculos entre estos tienen un carácter más instrumental y cambiante
en el tiempo. Nos parece que esta idea de “coalición de actores” resulta más ajustada a la realidad de
este tipo de conflictos.
Lo anterior permite no “suponer” la existencia de un movimiento social a partir de una serie de eventos
conflictivos, que bien puede también estar articulados en función de objetivos instrumentales, variables
en el tiempo, etc. Pero además permite subrayar tanto la composición como las formas de acción
plurales que es frecuente encontrar en estos conflictos. La convergencia de actores locales movilizados
por un problema concreto con actores de la institucionalidad pública sensibles al problema por diversas
razones (
boundary agents
) y dispuestos a actuar en determinados campos que les son propios, como
aliados de los actores locales, es un ejemplo de ello. Pero también lo es otro tipo de alianzas más
amplias como las que se establecen con las ONG -algunas de ellas internacionales y con agendas
globales- que se movilizan en función de esos conflictos, en la medida que perciben la vinculación con
las causas y estrategias mas amplias en las que están insertas. Las coaliciones que se forman entre estos
y otros actores no necesariamente nacen de una coincidencia completa de intereses entre ellos, sino de
momentos en los cuales los objetivos de cada uno de ellos coincide, al menos parcialmente con los de
los demás. Evidentemente estas coaliciones evolucionan, favorecen la contaminación entre territorios
diversos, así como la difusión de ideas y debate entre objetivos y estrategias a perseguir en cada
momento. De esa manera la coalición se reconfigura y evoluciona a lo largo del tiempo y cada uno de los
actores ocupa lugares y roles diferentes en esa evolución.
Pero ¿cuándo estamos en presencia de un conflicto de este tipo?
La información empírica que se
encuentra sobre estos temas tiene dos vertientes. Una de ellas contabiliza los “eventos de protesta” y
los califica según determinadas variables. Así procede la Defensoría del Pueblo y la base de datos de la
Universidad de Missouri, ambas para Perú. Así también se ha contabilizado en Colombia (Vargas, 2014) y
en el Observatorio de Conflictos en Bolivia (Quiroga, 2014) y el Observatorio de Conflictos en Chile
(Somma y Bargsted, 2015). En ese enfoque predomina el interés por conocer las curvas de la
conflictividad, es decir si disminuye o se acrecienta y georreferenciarla. También permite analizar el tipo
de medios utilizados tanto por el Estado, como por la ciudadanía movilizada, las empresas, etc. Tiene
una finalidad básicamente descriptiva. El otro enfoque, de tipo más bien sociológico, entiende las
manifestaciones de protesta como uno de los repertorios de un conflicto y se interesa por aquello que
estructura las manifestaciones. En este enfoque un conflicto es un conjunto de elementos en torno a un
tema y un territorio, que puede durar un tiempo prolongado y dar lugar a diferente tipo de protestas,
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